De amor y otras revoluciones/ No sabía significaba violencia (Mariposas blancas y amarillas)

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No sabía lo que significaba violencia. Sólo la había leído una que otra vez en los libros de Vargas Llosa, de Benedetti, o en las canciones de Víctor Jara. Yo era de los que solía cantarlas hasta media noche, de los que quería gritar rebeldía y  pedir los cambios simplemente por pedirlos.

Nada se comparaba con lo que mis ojos ahora intentaban ver.

Había ya asistido a muchas manifestaciones en donde incluso la policía nos ponía cintos amarillos para guarecernos de los carros que pasaban a toda velocidad por la avenida casi deshabitada. Me gustaba gritar consignas de protesta y ver como por momentos la gente se sentía libre al correr, al alzar plegarias a un dios inexistente, o simplemente ver a los curiosos que levantaban los pulgares como diciendo “bien, estos jóvenes cambiarán el destino de mi jodido país”.

¿Por qué nadie me informó que así no siempre era la cosa? Uno empieza a creerse revolucionario cuando las cosas van saliendo, o aparentemente van funcionando, pero la mayoría suele echarse pa’tras cuando la muerte anda chupándose los dedos, esperando besar con sus labios negros la frente de alguno de los presentes.

Curiosamente la mañana no se prestaba para salir, una llamada fue la que me despertó después de ignorar mi despertador como cuatro veces. Nada va a pasar si no voy, pensé, el mundo no cambia con o sin mi presencia…

Llegamos un grupo de amigos y yo al sitio donde todo se llevaría a cabo. El templo de la traición y la mafia estaba dignamente vestido para la ocasión: Llevaba una enorme falda de acero que cubría todas y cada una de las entradas a su intimidad.

Esto no era como en otras ocasiones. Ahora no eran policías de tránsito protegiéndonos sino granaderos dispuestos a todo por defender su salario mensual de siete mil pesos los que nos veían a través de sus caretas  y escudos de plástico, forrados por esas botas brillosas que en algún momento patearon más de una vez mi cara, rodilleras, las macanas, los chalecos antibalas…

No sé cómo comenzó todo. Cuando advertí el peligro ya estaba inmerso en él.  Columnas de fuego se desprendían del suelo después del sonido de las botellas de vidrio desquebrajándose. Las cortinas de humo nos obligaban a dispersarnos, a cubrirnos los ojos. Yo veía a satanás columpiándose entre los árboles, riéndose de nosotros, ordenándole a los policías disparar una y otra vez sin piedad esas balas de salva que dolían hasta su puta madre, hasta el alma…

Seguíamos la revuelta, ya no importaba el por qué estábamos ahí, sólo valía darles con todo para intentar salir vivos. Ríos con olor a sangre bajaban entre las calles y desembocaban en las vías del metro que era testigo de otra de las masacres de nuestra historia.

Todos intentábamos escapar. Perdí de vista a mis amigos sin imaginar tal vez que sería la última ocasión en que cruzaríamos palabras. Las calles estaban atestadas de gorros azules y cascos verdes que impedían el paso hacia la libertad. Todo estaba alrevesado, buscábamos no estar, siendo que semanas antes era el momento que más anhelábamos.

Nadie pasaba por ahí, nuestros gritos eran sordos y nuestros celulares muy apenas nos ayudaban a documentar las calamidades y penurias que se vivían. A nadie le importaba. Éramos los olvidados, los hijos de puta inadaptados tercermundistas de mierda que estábamos en desacuerdo; los cabroncitos que no entendíamos de democracia y transparencia: los vándalos que nadie quería en una nación soberana (¿soberana?) como la nuestra.

La sangre la teníamos en la cabeza, las ganas en los palos y piedras que encontrábamos para defendernos, el sentido de la vida en los pies autónomos que parecían guiarnos hacia algún recoveco donde no llegaran los fétidos olores a desgracia, muerte y rencor mal enlatado.

El escudo nacional servía de testigo mudo, lloraba con nosotros sin decir nada y miraba con poco temple lo que acontecía bajo sus garras. Parecía molesta, no sé si con quienes ahí luchaban por no entender que las utopías no existen o con los rivales por no comprender que los sueños sirven para ser realizados.

Nada era lo que debía, las columnas de fuego parecían rabos de nube inquieta arrastrándose de un lado al otro, las detonaciones cada vez se sentían más cerca y las tensiones fueron subiendo de nivel. Nada me era familiar y me reprochaba en fracciones de segundo el haber estado ahí, el no haber simplemente agachado la cabeza como tantos que en algún momento me dijeron “ya sabíamos que esto iba a pasar” “el cambio debe venir de nosotros” “sólo nos queda chingarle y ni pedo”.

El caos había llegado al clímax, mi mente estaba eclipsada casi en tu totalidad, mi vista nublada, mis manos cansadas, mis mejillas encarnecidas, mis ideales destrozados, mis sueños rotos como mi pierna derecha, a la cual acaban de trozar con uno de los fragmentos de una valla rota; mis oídos confundidos, no había un sonido armonioso, ni sonidos de claxon, ni el viento rozando los árboles, sólo el de golpeteos, mentadas de madre, balazos, clics de cámaras que retrataban llantos, maldiciones, detonaciones, y por  encima de todo eso carcajadas de ese demonio con corbata roja que no paraba de canturrear algo parecido al himno de mi país…

Yo no sabía lo que significaba realmente el dolor hasta que esa bala perforó mi cráneo y todo lo que viví se me escapó tiernamente… Mis amigos, mi familia, mi novia, mi carrera, mi beca para estudiar la maestría fuera del país, mis recuerdos, mi infancia, mis primeros pasos, mi primera vez con ella en la cama, mi primer papalote echado al vuelo y mi primera decepción viendo como el hilo se me escapaba de los dedos como ahora se me iba el espíritu entre aleteos de cóndores rapaces y chirridos de ambulancias que no se daban abasto para cargar cuerpos y cuerpos sin brillo en los ojos ni voluntad en las suelas de los zapatos…

El volumen de todo se fue haciendo pequeño hasta volverse silente, sentí la nitidez de mis últimas sinapsis y vi liberadas las mariposas amarillas y blancas que volaban dentro de mí, saliendo a presión y de un solo golpe todas desde mi esófago hasta la boca y las fosas nasales. No sé cómo, pero todas dibujaron una franca sonrisa en mi rostro yacido… Había hecho lo que ellas me dictaron…

(Ciña ¡oh patria! Tus sienes de oliva, de la paz, de ese diablo divino… Mas si osare un extraño enemigo… (¿Fui yo el enemigo?) Profanar con sus plantas tu suelo… Qué bien nos sienta este dueto a Satanás y a mí… No es tan malo como dicen… Piensa, patria querida, que el cielo un soldado en cada hijo te dio…)

Vi volar a esos fantásticos seres que se perdieron entre el humo y el sol en su cenit, antes de dormir, para no ver qué sucedería en esta tierra putrefacta y falta de coraje y llena de ambiciosos por el poder.

Rob Cruzzó

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